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El pez rojo

El pez rojo

Memorias a mitad de camino

Domingo, 29 de octubre de 2006

Unos meses después...

Como en las películas, el cartelito aparece en la pantalla y volvemos (tras una pausa invisible) a la vida del protagonista. Que en este caso soy yo mismo, claro.

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Viernes, 17 de marzo de 2006

Adeudo cartas

Sólo me falta una introducción más (ya llevaré tres) para ponerme realmente a escribir lo que quiero escribir aquí. Es quizás la introducción-carta más importante, por la persona a la que va dirigida. Bueno, espera. Va a haber otra más, y serán cuatro. Pero la tercera es la más peliaguda, la más jodida de escribir. Las anteriores, como habéis visto, fueron escritas hace unos años. Estaban esperando la oportunidad de ser publicadas y creo que en ‘El pez rojo’ han encontrado su jaula marina perfecta, su lugar en el mundo, ya son parte de un todo.
Pero la tercera carta es bien jodida. Nunca la llegué a escribir, aunque lo intenté. Va dirigida a una de las personas que más quiero y fue el que me introdujo en el mundillo del que ya he empezado a hablar. Seguramente tendré algunas cuartillas de letra incomprensible y nerviosa metidas en alguna carpeta. O seguramente fueron directamente a la basura. O también cabe la posibilidad de que no las escribiera. Tuve mañanas enteras de desvelo en su casa en las que pude haberlas escrito.
La cuarta es más fácil, algo dolorosa también, pero casi bonita. Es para mi ex. Ella ya la leyó, creo. Era una de las cosas que más le gustaban (y le gustan) de mí, que le escribiera textos sólo para ella. Aunque en ellos hablara de un tema tan jodido para mí, y para ella.
Las dos cartas os las debo, irán cayendo por aquí próximamente. Si ustedes gustan.

Jueves, 16 de marzo de 2006

Carta a un escritor famoso. Madrid, 1993.

Mira, si te soy sincero te diría (o sea, que he decidido ser sincero contigo) que al principio me pareciste mogollón de pedante. No te ofendas. Casi siempre se cae en la pedantería cuando se le ha sabido sacar a la vida algo de su jugo y, encima, sabes expresarlo. Además de otras cosas, admiro tu capacidad para reflejar sentimientos humanos, aunque no sean propiedad de nadie. Si escribes después de una larga conversación que ha tenido lugar en la realidad, ahí tus cojones. Es realidad lo que reflejas. Si te lo inventas, casi mejor.
Además de para elogiarte parcialmente escribo esto para sugerirte un tema, ya que últimamente te veo escribir sobre los jóvenes. Confieso que no he leído ninguno de tus artículos enteros, pero me da igual. Ya sé que tienes una rara capacidad de plasmar en palabras lo que está dentro de la cabecita de otro, ya te lo he dicho.
Bueno, a lo que iba. Casi nadie en este puto país (de eso hablaba hace un rato con una gente de teatro, aunque no venga a cuento) sabe nada (o si lo sabe no sabe escribir sobre ello) sobre drogas.
Es una putada tener que manchar una hoja tan inmaculada (y que podría servir para tantas cosas...) con esa sucia palabra. Pero es cierto. Yo no sé tampoco mucho (ni ganas) pero me gustaría que, si guardas el esquema narrativo de tu anterior serie de artículos (perdona, no he leído los últimos), molaría que me invitaras, tuviéramos una conversación y luego escribieras lo que te dé la santa gana. Si no se puede hacer efecto lo anterior, te planteo lo siguiente:
Vamos a ver, droga (si coge esto mi madre, alucina). Los pingajos humanos venden pañuelos en los semáforos, tristes putas desdentadas te harían una felatio por mostrarles diez duros, zombies que fueron gente inundan las calles. Vale, la heroína (que no la conozco, ni ganas) debe de ser la mejor forma de suicidarte. Luego llegan otras sustancias y mierdas casi aún peores (el crack está ya haciendo estragos entre los desahuciados de Madrid). Pero luego está algo de lo que casi nadie habla. La coca. Forma parte de la vida cotidiana de un sector de la sociedad. Escucha (ya sé que me he enrollado pero esto es importante): engaña. Está de moda, es desconocida (al menos, sus efectos), aisla y, al mismo tiempo, te hace soñar durante escasos segundos y te convierte en un ser sociable. Es una mierda.
Esto de aquí arriba no es exactamente lo que quiero que sepas.
Vamos a ver. Soy joven. Estoy relativamente informado y manipulado. Estoy perdido como casi todos a mi edad. Tengo miedo de desperdiciar mis mejores (¿) años. Tengo un buen trabajo. Hago lo que soñé cuando era pequeño: escribir. Ya te digo, no sé conseguir que la gente hable a través de mí tan realmente como tú.
Pero no estoy conforme conmigo mismo. Tengo miedo a arriesgarme, a romper con todo y a intentar lo que de verdad quiero hacer (que aunque no sepa lo que es, intuyo que está en mí). Estoy atrapado dentro de una rutina que me lleva irremediablemente a ser un autómata que espera que alguien le haga reaccionar. Ella (la coca, perica, farlopa, historia, asunto...) está ahí y, sin quererlo, o queriéndolo, recurres a ella.
El miedo, las puertas cerradas, el agujero negro de la cobardía, la incertidumbre, el azar. Qué sé yo. Un psicólogo (con buena fe) me hizo relajarme durante quince minutos. No volví. Tal vez una chica a la que le gusta el cine, los libros y tocar el violonchelo me hubiera ayudado. Pero el amor es más complicado que la hostia. No te creas, no estoy solo. Merezco que me hostien por ser como soy (hay gente que me quiere, lo he descubierto, y lo he cultivado con todas mis fuerzas). La historia (metáfora de unas horas de evasión falsificada) me atrapa a menudo sin poder reaccionar. Me jode mi (posiblemente) futuro profesional. Te lo juro, tío. Yo creo que valgo, aunque me cague en los pantalones sólo de pensar en enfrentarme a mis intuiciones. Quedo mal con gente a la que debería demostrar lo que soy capaz. Es una estafa. Debería no existir (ya que es imposible que desparezca, hay demasiados intereses).
Como he empezado otro folio (y perdona que te dé la tabarra, pero es que juego con la posibilidad de que no lleguemos a tener una conversación), voy a contarte una cosa que se me acaba de ocurrir: yo tenía (hasta hace dos años que murió) una abuela. El exilio la hizo fuerte, imaginativa, chupaba experiencias, recopilaba y almacenaba vida de una manera bella a la vez que sufrida. Escribió un libro. A los sesenta y tantos era joven, escribía poesías y enamoraba a adolescentes que deseaban aprender a amar lo hermoso. Ella me dijo una vez: lo que cada uno es, se encuentra en sí mismo. Es decir, serás lo que tú quieras ser. Mejor aún, todo lo de puta madre que se encuentra a tu alrededor está ahí y solamente tienes que ser lo suficientemente consciente de ti mismo como para sacarle el mejor partido. Más o menos. Ya te digo que tengo miedo de escribir algo que no sea todo lo fiel que otra persona ha dicho. Creo que un ejemplo podría ayudar: Sal Paradise (o Jack Kerouac en ‘On the road’) dice, poniéndolo en boca de Dean Moriarty, “estos músicos (unos que estaban tocando bop en un bar de Nueva Orleáns) intentan sacar de sus instrumentos lo que ya se encuentra en la cabeza del público”. Mola, ¿no? Es algo así. Por cierto, que es una buena definición del arte, de la literatura. Crear algo que ya existe en la mente de otros pero que no saben como exteriorizarlo, asimilarlo.
Bueno, se acaba. Te estaba hablando de la droga social por excelencia. Hay mucha gente que no son zombies que están echando a perder su belleza interior por culpa de su indefensión y estupidez.
Dilo así: unos meses de bienestar, un calvario destructivo, aunque consciente.
Conversemos.
Todo esto lo he escrito bajo sus efectos.

Jueves, 16 de marzo de 2006

15-3-06

A los adolescentes, y a los veinteañeros, deberían avisarles de que no pasa nada si pierden el tiempo. Conozco a muchos adultos que lo pierden por no haberlo perdido antes lo suficiente. Es preferible relajarse y pensar, reflexionar, decidir con calma, que equivocarse y volverse a equivocar y más tarde, cuando se supone que todo debe estar enfilado, volver atrás. También conozco adultos que andan perdidos y dicen ¿y qué? De acuerdo: piensa, tranquilo, no corras. Admiro a la gente que dice “¿y qué?, no pasa nada, todavía no sé lo que quiero”. Déjalos, que respiren, que dejen el despacho de abogados y se dediquen a hacer qi gong, que dejen de pintar puertas para pintar ventanas (hay diferencia), que se divorcien, se casen o se apareen sin más, que sean.
Pero perder el tiempo porque te caen lágrimas ácidas desde la frente, recorriendo tus mejillas, agrietan tu pecho y levantan la piel de tus extremidades, eso amigo, eso ya es otro cantar.

Martes, 14 de marzo de 2006

8-6-96

Hola chaval,
Te sorprenderá recibir esta carta pero me apetecía decirte un par de cosas. Estaba aquí en el campo y me he puesto a leer el librito ese que tenemos escrito-dibujado a medias (ahí, en la estantería). Tú tendrías como 15 años, quizás sólo 14.
Bueno, esa época en la que todavía no eres del todo independiente (en el sentido de que aún te mantienes aislado del mundo y amparado en la niñez). Yo era para ti ese hermano mayor que había corrido alguna que otra aventura. Y me prestabas atención. De alguna forma, me admirabas. Sin dejar de ser tú mismo. Eso es lo mejor que tienes, hay algún gen que te indica que tu personalidad está por encima de todo. Me parece de puta madre. Y me hace sentirme orgulloso de ti.
Y luego te me escapaste, cabrón. Culpa mía, claro. Pasé de modelo a espectador. Y en las dos situaciones me he sentido cómodo. Con un matiz: como “modelo” (pon tú mismo las comillas ahí atrás) saqué un muy deficiente bajo. Joder, y me jode. ¡Ay! Es que los veintitantos se me han hecho un poco cuesta arriba.
Yo era como tú (más o menos). A todo le sacaba partido. Era un enamorado de las cosas que me mostraba la vida. Bueno, tú tienes un arte especial para eso. Yo siempre he interiorizado más las experiencias, aunque las he exprimido hasta el límite. Pero no encontraba la manera de expresarlas (como tú con la música, entre otras muchas cosas).
Lo que te quiero decir, resumiendo (aunque no sería mala idea escribirte 300 páginas) es que la vida consiste en eso (es una opinión): conservar esa ilusión que tienes tú ahora, mirar cada cosa como si fuera la primera vez. Por ejemplo, no me acuerdo del ejemplo. Pero venía a decir lo siguiente (a ver si me explico): ¿no te ha pasado nunca que tu interpretación de un hecho cotidiano cualquiera ha causado sorpresa? Es decir, todos hemos visto mil quinientas treintaiseis veces el sol, por ejemplo. Pero todo radica en tu punto de vista sobre el sol. Hoy venía de Madrid y el Sol (sí, ese astro omnipotente que nos da la vida), me hacía luces. Como si fuera un coche que venía por detrás. Luego me he imaginado que el sol me adelantaba y me indicaba el camino. Una estupidez, ya lo sé, estoy grillado. Pero en ese momento el sol era mío. Yo le había dado personalidad propia. Bueno, ya sé que estoy desvariando pero el sentimiento es ese.
Lo que te tengo que decir es que hagas el mundo tuyo. Porque en realidad es tuyo. Y (atención) tú tienes infinitas posibilidades de que te pertenezca.
Creo que he logrado sintetizar lo que quería decirte. Si no me has entendido (la letra de periodista -¡soy periodista!- es como la de los médicos) haz el favor de llamarme (91-5419052).
Bueno, tun germá ha vuelto a faltar a una cita. No sabes lo que me jode perderme días. Y me he perdido muchos en los últimos años. Es difícil de explicar pero tan solo ten en cuenta una cosa respecto a mí: las contadas veces que acudo a mis citas pongo en ellas mi corazón. Ya sé que no es una buena excusa (reconozco mis defectos). Pero mira, H., tu hermano (la mitad de tu hermano o un cuarto de tu hermano, depende del momento y de mis debilidades) estará siempre contigo. A tu lado. Aunque tú ya no me necesites ni sea tu “modelo”. Rescataré un pedazo de mi corazoncito para entregártelo sin pedir nada a cambio. En serio. ¿Me has entendido?
A.
Nota: (¿Has visto que no hay nada más que un borrón en estas cuatro hojas?).

Malditas máquinas

Aquí arranca mi nuevo blog. Y esta vez, después de la extraña experiencia del anterior, espero poder darle un espíritu más uniforme y, tal vez, un único tema. De momento, no prometo nada. Sólo deseo despejar nubarrones y ver el cielo azul algún día que otro.

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